jueves, 1 de agosto de 2013

Furiosamente rápido hacia ninguna parte

Todo sigue furiosamente rápido hacia ninguna parte. El garaje está vacío. Las moscas molestan de vez en cuando, eso es todo. Aún me queda una botella de agua, un vaso y un grifo. Si tengo sed, bebo. Otras veces bebo sin sed, por aburrimiento. No hay nada nuevo en el horizonte. Los días pasan como un dolor acostumbrado. Sufro, por hacer algo. Tengo tiempo de sobra para sufrir. Así me agrada. Por lo menos puedo hacerlo bien, sin prisas. Todo lo demás lo postergo. Todo lo demás son cosas que tendría que haber hecho hace tiempo. Si me pusiera a hacerlo ahora, tendría que hacerlo con prisa. Por eso paso. El sol sale y pienso en cosas. Provoca una sombra curiosa y me sugiere algo. Me quema los labios y bebo agua. Pienso en el movimiento, y siento, como si lo supiera, todo moverse vertiginosamente; aunque todo lo que veo está quieto. Pero el mundo se mueve. Están todos por ahí, más allá de esa línea del fondo: corriendo, gritando y llenando los vacíos. Me hacen sentir responsable de su movimiento, y de la inutilidad de su movimiento, y entonces me concentro aún más en estar congelado, y sólo me muevo para abrir el grifo, o apartar una mosca. Pero mantengo los ojos abiertos. No veo nada nuevo, pero mantengo los ojos abiertos. Vuelvo a mirarlo todo otra vez, y si doy con un recuerdo feliz, lo que miro, el paisaje de siempre, se vuelve un poco más alegre y renovado. Me siento y repaso todas las posibilidades que se me ocurren. Mis posibles vidas, si me levantara de esta silla. Mis posibles yos. A veces pasa gente perdida por aquí. Nunca saludo. Nunca se quedan. Me imagino siendo ellos y no me convence. Los días vuelan, pero resisto. Termino creyendo que nunca moriré. Entonces, cuando me doy cuenta de que he vuelto a caer en la superstición, cojo un puñado de tierra del suelo y lo lamo, y mientras toso recuerdo que ahí están mis padres, y ahí mismo, ahí encima, no por mucho tiempo, estoy yo. Este clima, o quizás mi piel, es demasiado templado. No puedo distinguir las estaciones. Todo es demasiado templado. También este agua; nunca insípida, siempre sabrosa. Pero tibia. Igual que creí en mi inmortalidad, también creía que el grifo daba agua eterna. Esta vez no lameré tierra directamente; terminaré por hacerlo de todas formas. Vienen más moscas que de costumbre. Hoy no pasa nadie por aquí. El sol se va a poner. Tengo cosas pendientes. El garaje sigue vacío.



Inspirado en parte en El Viejo, de Mario Larrá.
Forma parte del proyecto Espiral de relatos.

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