jueves, 21 de noviembre de 2013

Las tres genialidades de Abel Núñez

   ¿Qué es lo más importante en un microrrelato? ¿El micro o el relato? ¿Lo que dice o lo que oculta? ¿Lo que es o lo que podría ser? Estas son algunas de las preguntas que me hacía ante la perspectiva de escribir un microrrelato para un concurso. ¿Cómo abordarlo? Mientras lo sopesaba, decidí hablarle del concurso a mi amigo Abel Núñez, insigne escritor en ciernes. Le propuse, atrevidamente (ya que está demasiado ocupado como para dedicarse a pequeñeces), que participara. Para mi sorpresa, aceptó con prontitud, y enseguida me obsequió con no una, sino tres piezas maestras. La agudeza de sus propuestas me dejó anonadado y no he podido hacer menos que dedicarles un análisis.

   En primer lugar, sin haber hecho siquiera un borrador, así a bote pronto, como inspirado por una musa genial, escribió la primera pieza:
 
   "sí". Qué banalidad, pensará el profano. Qué simpleza, pensará el simple. Qué tontería, pensará el tonto. Ninguno de ellos habrá sido capaz de asomarse a la ingente profusidad de significados que tan conciso relato prodiga. Porque sí; es, efectivamente y pese a lo que los escépticos puedan creer, una narración. Una compleja narración, de hecho. Un relato que abre, para el ojo agudo, todo un mundo de afirmación, y a su vez le da la espalda a todo lo que no engloba, es decir, todo lo que dicho "sí" no es. Es, por tanto, un claro posicionamiento contra el "no", su antónimo por antonomasia. Y es mucho más que una historia. Son todas las historias que dicen "sí". , se puede. , el final feliz. : la fuerza, el poder, el avance, el presente que mira al futuro, la existencia, el sentido, la ciencia, también la magia, a todo, SÍ. Y no un "sí" cualquiera: un "sí" sin mayúscula inicial y sin puntuación. Es decir, no tiene marcas ni de principio ni de final. De esta manera, se convierte en una verdadera historia interminable, que insinúa tanto un principio como un final infinito e inasible. Pese a ello (o precisamente por ello, dada la infinitud que lo engloba), el autor podría haberse extendido en el relato hasta límites insospechados, superando con mucho los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido. Sin embargo, el autor hace una fuerte apuesta por la escuetez y destierra cualquier distracción que se pudiera confundir con un planteamiento o un desenlace al uso. Todo lo que importa queda condensado en un potente monosílabo: .

   Pero el talento de Abel Núñez no se agota con facilidad. Aún más, su habilidad y brillantez son capaces de evolucionar a la velocidad del rayo. Apenas había terminado de teclear su primera obra maestra (uno de esos textos que se convierte en un clásico automáticamente), no dudó en lanzarse nuevamente sobre su máquina de escribir para plasmar una nueva obra, más extensa y caleidoscópica. Esta vez decía así:
sí...
   De nuevo, el ignorante no dudará en desdeñar la nueva obra, con el pretexto de que está basada en la anterior. Dirán que le falta originalidad y que el autor se ha estancado tanto en estilo como en el tema de la afirmación. Nada más alejado de la realidad. Aunque es cierto que este texto es una revisión del anterior, la calidad de su prosa, su intensidad y su profundidad no son menores; en todo caso se han multiplicado. A primera vista sólo se han añadido tres puntos suspensivos. No obstante, estos (aparentemente simples) puntos suspensivos aportan toda una nueva dimensión a la crónica. La infinitud latente en el relato toma ahora cuerpo palpable en dichos puntos suspensivos. En esta ocasión no se insinúa, como en el anterior, un final tendente a la eternidad (tanto en posible tamaño como significación), sino que se explicita la existencia de un final concreto. Como dice el poeta: "...".  Es decir, HAY un final específico para este relato. Sin embargo, el narrador decide dejarlo fuera de la narración. El artista deja fuera del cuadro parte de la pieza representada, pero nos señala que, efectivamente, existe dicha parte. Bien podemos denominar a este como el cliffhanger más repentino, más a bocajarro y más abierto de la historia de la literatura.

   No satisfecho con haberse prodigado en dos composiciones ricas y versátiles sin precedentes, y sin vértigo ninguno ante el lienzo en blanco, el mentado maestro no tardó ni un segundo en plasmar su obra definitiva:
Sí.
   En esta ocasión no hay ignorancia, ni malicia, que pueda oponerse a la patente potencia que derrocha este microrrelato. De hecho, llamarlo microrrelato, incluso intentar englobarlo en un estilo, un género o un tipo de construcción literaria conocida, sería demasiado inapropiado. Habría que crear un nuevo género para poder definir las características únicas de esta creación (humildemente, propongo a la comunidad literaria el término Nuñézico). Observamos que el estilo del autor ha evolucionado drásticamente (en una fracción de segundo) de forma tremenda. Ha dejado atrás las vanguardias, que tan atractivas le parecieron en su momento, y se ciñe a un aparente clasicismo, que no hace más que encerrar, en realidad, una fresca madurez. En esta etapa final, el autor se ha asentado, y ya no aspira a inspirar y recrear las infinitudes a las que una vez, en su juventud idealista y ambiciosa, aludió. En su lugar, se permite regodearse en el estilo, a través del cual desarrolla una elegancia y sobriedad sin par.

   No cabe duda de que en este momento, retrospectivo, Núñez retoma y reexamina los principales temas que ha engarzado en toda su obra:  la afirmación, el asentimiento, la confirmación, la positividad, la aprobación,... Y a pesar de mantener esta continuidad, consigue alentar el texto con una fuerza renovada, que logra en gran parte empleando una mayúscula inicial y un único punto final. Esta vez sí, la obra queda delimitada por un principio y un final. De esta forma, el autor consigue expresar en sólo tres caracteres el proceso esencial de toda vida: el glorioso nacimiento (la importancia de la creación de una nueva vida queda reflejada en la mayúscula), el paso fugaz y colorido (representado en el monosílabo, adornado con una apropiada tilde), y por último, la mortalidad y su inevitabilidad (encarnada en el minúsculo pero incisivo punto final). El texto goza de una autocontención envidiable. Núñez ha desplegado sus mejores aptitudes para trazar una obra de calado semántico a muy diversos niveles, sin renunciar a conseguir la máxima pureza estilística, demostrada a través de una brevedad, un condensamiento y una precisión que ni el propio Hemingway habría soñado. La profundidad filosófica y psicológica latente en el texto no menoscaba el placer de su lectura; muy al contrario, se trata de una obra imposible de no leer de cabo a rabo, y tremendamente fácil de releer a menudo, descubriendo nuevos puntos de vista, y con placer renovado. Me atreveré a aseverar que, entre todas, esta es sin duda su Obra Cumbre. Combina los habituales elementos de su prosa con una maduración vital y literaria de los conceptos tratados que la hacen mucho más poliédrica, curtida y aterrizada.


   He de admitir que no reconocí la genialidad de estas piezas a primera vista. En un primer momento creí que, simplemente, mi amigo me estaba respondiendo por triplicado a la propuesta que acababa de hacerle de presentarse al concurso. Pero una vez entendí que estas palabras eran, per se, obras completas, todo empezó a encajar y mi admiración terminó catapultándose a niveles astrales. Entendí que en el concurso al que le había propuesto presentarse nunca seleccionarían sus relatos (jamás premian los mejores). Ninguna editorial querría editarlo tampoco; al parecer están demasiado limitadas a producir libros con más de una página. Es por ello que a través de este humilde análisis he querido acercar, a todo el que desee conocerla, la extraordinaria prosa de mi, afortunadamente, amigo Abel Núñez. Sirva este texto, además, para lanzar a la Literatura un grito de atención sobre este autor y su formidable obra.

  Por último no he podido evitar, como escritor infatigable que soy, inspirarme libremente en la obra y el estilo de Núñez para crear mis propios textos, en los que, aún siguiendo sus patrones, he procurado añadir mi toque personal e intransferible. Os dejo con mis relatos (os suplico que los leáis si tenéis tiempo):
no

no...

No.

jueves, 24 de octubre de 2013

Queremos que el cine siempre sea una fiesta

Esta noche he visto "El mayordomo" en el cine, pero la película ha sido lo de menos.

Como algunos ya sabréis, estos tres últimos días ha habido una promoción en los cines por la cual, con un ticket fácil de conseguir por Internet, se podían comprar entradas para cualquier película por unos 3 euros. Y la respuesta del público ha sido brutal. He ido con mis hermanos a ver una peli pero, ingenuos de nosotros, hemos llegado con tan solo 20 minutos de antelación para la hora en la que proyectaban todas las del Van Golem. No había cola en la taquilla, como yo había imaginado. Había cola para entrar al cine. Una cola ancha cuyo final no se veía desde la puerta del cine. Junto a las taquillas, una trabajadora del cine se acercaba de vez en cuando a los que miraban impotentes las persianas cerradas de las ventanillas y les decía que ya no quedaban entradas para ninguna película.

QUE NO QUEDABAN ENTRADAS PARA NINGUNA PELÍCULA.

Una de esas cosas que uno ni se había planteado que llegaría a ver jamás, a estas alturas. Algo que suena surrealista teniendo en cuenta la situación a la que nos hemos acostumbrado que estén los cines: vacíos.

Pues allí estábamos, sin entradas pero fascinados por la situación, cuando he visto que un grupo de señoras intentaba devolver sus entradas a la taquillera. Casualmente una de ellas era la madre de un amigo, así que la he saludado y le he preguntado que por qué querían devolver las entradas. Me ha dicho que era por la cola, que era tan grande que creían que no podrían entrar. Entonces le he ofrecido comprarle las entradas que querían devolver. Eran 3, nosotros 4, al final sólo hemos cogido 2 porque mis otros 2 hermanos no querían coger la tercera. Pero nos hemos ido los 4 a buscar nuestro sitio en la cola. Personalmente, creía que la cola llegaba hasta el final de la calle (lo que ya la hacía bastante larga), pero al llegar al final de la calle la cola giraba en la esquina y seguía hasta la siguiente esquina, donde volvía a girar. No era una cola de a uno, no, era una cola de mogollón de gente en cada punto. Un rebaño, una turba, como queráis llamarlo. Nos hemos puesto al final de la cola y más gente ha ido añadiéndose hasta llegar al final de esa (tercera) fachada.

Aquello era insólito. Una señora que pasaba por la calle nos ha preguntado que para qué hacíamos cola y no se lo creía cuando le hemos dicho que para el cine (que, como ella sabría, estaba en el lado opuesto del edificio). Mis hermanos y yo, lejos de amargarnos por estar tan lejos en la cola, nos hemos echado unas risas comentando lo gracioso y extraño de la situación. Teníamos asumido que entraríamos ya a mitad de película, con lo cual, al final, el precio sería más o menos como pagar el habitual de las películas (por lo que íbamos a ver: la mitad). Al final, sin embargo, la cola ha ido sorprendentemente rápida y aunque no hemos llegado a los anuncios, sí que hemos entrado justo a tiempo de verla empezar.

Nos hemos sentado en la última fila, donde había un par de huecos libres sueltos pero un puñado de gente se han desplazados todos un sitio para dejarnos a mi hermana y a mí sentarnos juntos. El cine estaba completo. Yo lo primero que he estado mirando no ha sido a la película sino a la gente. El público estaba silencioso casi por completo (mi hermana hacía algún comentario en voz demasiado alta de vez en cuando). En las gracias, se oía una carcajada general. Lágrimas no he oído, mira. Al final, la gente se ha arrancado en un aplauso general sin complejos (no como los tímidos e incómodos que recuerdo de las últimas películas que he ido a ver al cine).

En definitiva, ha sido toda una experiencia que ni soñaba presenciar en estos tiempos y que, pese a que haya sido algo tan explosivo por la situación previa o una buena promoción puntual, creo que demuestra que a la gente LE GUSTA y QUIERE IR AL CINE. Pero es que los precios que se manejan hoy en día son dolorosos de pagar. Además, que uno de los encantos del cine es apostar por una película (no ir sólo a la que estás seguro que te va a gustar), y con precios tan altos eso no se hace ni de coña.

Desde luego, el IVA cultural tiene su parte que ver en los precios, pero estos ya venían hinchados de antes. Espero que los que determinan estos precios se planteen alguna solución que nos permita ir MÁS A MENUDO y POR MENOS DINERO al cine, y que de esta forma también se beneficie toda la industria que hay detrás de una proyección cinematográfica. Que el cine sigue teniendo su magia.

jueves, 3 de octubre de 2013

NO LO SÉ

 

   Incluso lo aparentemente novedoso, extraño y desconocido puede tener una familiaridad que despierta en nosotros recuerdos, algunos olvidados. Una de estas conexiones me ha me ha llevado a rememorar algo sobre muchos de mis profesores. Y es que hay algo que muchos necesitan decir más a menudo y sin embargo es muy muy raro que lleguen a admitir: «NO-LO-SÉ».

    De esto, uno, siendo niño, no se da cuenta más que con el tiempo. Pero yo diría que hacia la ESO, cualquiera un poco avispado ya se ha dado cuenta. Muchos profesores solicitan, o dicen aceptar, preguntas, pero cuando estas se salen del espectro del libro de texto, una triste mayoría de profesores (hablo por mi experiencia, claro) son incapaces de contestar a las demandas menos obvias. Lo sé de primera mano porque siempre he sido preguntón.

   Algunos profesores, los mejores, conocen su materia y son capaces de responder a la mayoría de las preguntas con precisión.

   Algunos, los menos, conozcan o no su materia, cuando no están seguros de la respuesta que podrían dar, lo manifiestan, probablemente teorizan alguna posibilidad y buscan o prometen buscar una respuesta satisfactoria para la clase [Porque cualquier pregunta planteada por uno, sea buena o penosa, se convierte en una pregunta de toda la clase].

   Pero muchos, demasiados, no son capaces de admitir que no tienen ni idea de tal cosa en concreto y se ponen a probar suerte. Juegan con ambigüedades e imprecisiones, y como habitualmente son torpes hasta para moverse por esos terrenos, se les escapan ciertos modificadores del lenguaje que el oyente atento puede interpretar rápidamente como lagunas claras de conocimiento. Y se quedan tan contentos.

    Algunos de estos últimos se atreven a preguntar si aquello ha respondido a tu pregunta. Dependiendo del transfondo del profesor del que venga, es un gesto que puede ser de honestas ganas de responder adecuadamente o (más a menudo) un ofrecimiento de tregua para que pares con las preguntitas de los cojones. Que si replanteas la pregunta te la van a desresponder igualmente. Paradójico pero patente.

    La conclusión es que, tristemente, a unos cuantos les parece que sacar el diccionario es más señal de debilidad que de inteligencia.

Praga, septiembre 2013

lunes, 23 de septiembre de 2013

Decálogo de Elmore Leonard [Traducción]



ELMORE LEONARD

 AVISO (N.d.T.)
Este es un decálogo muy centrado en cuestiones lingüísticas. El autor lo escribió refiriéndose al idioma inglés. Sus consejos no tienen por qué interpretarse igualmente en español.


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   Estas son las reglas que he escogido por el camino para ayudarme a permanecer invisible mientras escribo un libro, para ayudarme a mostrar más que a contar qué está ocurriendo en la historia. Si tú tienes facilidad para el lenguaje y las imágenes, y el sonido de tu voz te agrada, no estás buscando la invisibilidad, y puedes pasar de las reglas. Aún así, puedes echarles un vistazo.

   A las reglas.

1. Nunca empieces un libro hablando del tiempo.
   Si es sólo para crear atmósfera, y no una reacción de un personaje al clima, no conviene alargarlo demasiado. El lector tiende a hojear buscando la gente. Hay excepciones. Si eres Barry Lopez, que tiene más formas de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hacer todo el reporte meteorológico que quieras.

2. Evita los prólogos.
   Pueden ser molestos, especialmente un prólogo que sigue a una introducción que viene tras un preámbulo. Pero estos normalmente se encuentran en la no ficción. Un prólogo en una novela es un trasfondo, y lo puedes incluir en donde quieras. Hay un prólogo en Sweet Thursday, de John Steinbeck, pero está bien porque un personaje del libro argumenta de qué van mis reglas. Dice: "Me gusta mucho la conversación en un libro y no me gusta que nadie me diga a qué se parece la forma de hablar de alguien. Quiero descubrir su apariencia por la forma en la que habla... averiguar lo que el tipo está pensando por lo que dice. Aprecio cierta descripción pero no demasiada... A veces quiero que un libro vaya por su cuenta con un tanto de batiburrillo... Que se saque algunas palabras bonitas quizás o que cante una pequeña canción con vocabulario. Eso está bien. Pero me gustaría que lo descartaran para no tener que leerlo. No quiero batiburrillo mezclado con la historia."

3. Nunca uses ningún otro verbo aparte de "dijo" para llevar el diálogo.
    La frase de diálogo pertenece al personaje; el verbo es el escritor metiendo sus narices. Pero dijo es mucho menos intrusivo que gruñó, jadeó, advirtió, mintió. Una vez noté que Mary McCarthy terminaba una linea de diálogo con "aseveró ella", y tuve que parar de leer y coger el diccionario.

4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo "dijo"...
   ... advirtió él solemnemente. Usar un adverbio de esta forma (o casi de cualquiera) es un pecado mortal. El escritor se muestra severo, usando una palabra que distrae y puede interrumpir el ritmo del intercambio. A un personaje en uno de mis libros le hago decir cómo ella solía escribir romances históricos "llenos de violaciones y adverbios".

5. Mantén tus signos de exclamación bajo control.
   Se permiten no más de dos o tres por cada 100.000 palabras de prosa. Si tienes la capacidad de jugar con las exclamaciones como lo hace Tom Wolfe (N.d.T.: o Céline), puedes meterlas a puñados.

6. Nunca uses las palabras "repentinamente" o "se desató el infierno".
   Esta regla no requiere una explicación. He notado que los escritores que usan "repentinamente" tienden a tener menos control en la aplicación de signos de exclamación.

7. Usa dialectos regionales con moderación.
   Una vez empiezas a deletrear palabras fonéticamente en el diálogo y cargar la página con apóstrofos, no podrás parar. Fíjate en la forma que Annie Proulx captura el sabor de las voces de Wyoming en su libro de relatos Close Range.

8. Evita las descripciones detalladas de los personajes.
   Algo que Steinbeck cumplía. En Hills Like White Elephants, de Ernest Hemingway, ¿qué apariencia tienen el "americano y la chica con él"? "Ella se había quitado su sombrero y lo puso sobre la mesa." Esa es la única referencia a una descripción física en la historia, y aún así vemos a la pareja y les conocemos por sus tonos de voz, sin un adverbio a la vista.

9. No te metas en mucho detalle describiendo lugares y cosas.
   A no ser que seas Margaret Atwood y seas capaz de pintar escenas con el lenguaje o escribir paisajes con el estilo de Jim Harrison. Pero incluso si se es bueno para ello, no convienen las descripciones que paralizan la acción y la corriente de la historia.

   Y por último:

10. Intenta quitar las partes que los lectores tienden a saltarse.
   Una regla que me vino a la mente en 1983. Piensa qué es lo que tú te saltas leyendo una novela: párrafos gruesos de prosa en los que puedes ver que tienen demasiadas palabras. Lo que el escritor hace es escribir, perpetuar el batiburrillo, quizás intentar otra vez el clima, o meterse en la cabeza de un personaje, y el lector, o sabe lo que el tipo está pensando, o no le importa. Apuesto a que no te saltas el diálogo.
Mi regla más importante es una que resume la décima.
Si suena a escritura, reescríbelo.

   O, si el uso formal se cruza en el camino, puede que tenga que irse. No puedo permitir que lo que aprendimos en redacción de lengua afecte el sonido y el ritmo de la narrativa. Lo que intento es permanecer invisible, no distraer al lector de la historia con escritura obvia. (Joseph Conrad dijo algo sobre las palabras interponiéndose en el camino de lo que uno quiere decir.)
Si escribo en escenas, y siempre desde el punto de vista de un personaje en particular -aquél cuya visión lleve mejor la escena a la vida-, soy capaz de concentrarme en las voces de los personajes diciéndote quiénes son y cómo se sienten sobre lo que ven y qué es lo que ocurre, y yo no estoy a la vista por ningún lado.

   Lo que Steinbeck hizo en Sweet Thursday fue titular sus capítulos como una indicación, aunque intrincada, de lo que trataban. "Aquellos amados por los dioses son vueltos locos por ellos" es uno, "Miércoles repugnante" otro. El tercer capítulo se titula "Batiburrillo 1" y el capítulo 38 "Batiburrillo 2" como una advertencia al lector, como si Steinbeck dijera: "Aquí es donde me verás dejando volar la imaginación con mi escritura, y no me meteré en la historia. Sáltatelo si quieres."
"Sweet Thursday" salió en 1954, cuando yo estaba justo empezando a ser publicado, y nunca he olvidado aquél prólogo.

   ¿Leí los capítulos del batiburrillo? Hasta la última palabra.

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Sobre la traducción:

No he encontrado que los libros mencionados en inglés estén traducidos en español, por ello he mantenido el nombre en inglés, aunque he traducido sus citas.

La palabra hooptedoodle (traducida como batiburrillo) ha sido el mayor reto de la traducción. En un principio, considerándola una palabra intencionadamente sin sentido, decidí traducirla como hidromurias, una palabra sin significado claro sacada del famoso fragmento de Julio Cortázar en el capítulo 38 de Rayuela. Pero aquello no se sostenía (especialmente) con el hecho de que Steinbeck hubiera nombrado dos capítulos de su libro así (Literalmente, "Hooptedoodle 1" y "Hooptedoodle 2"). Entonces decidí dejar la palabra en su versión original. Al fin y al cabo, según lo que he investigado, es muy probable que dicha palabra fuera inventada (o al menos inmortalizada) por el propio Steinbeck.

Pero tenía la sensación de que en español sí que teníamos algo próximo al significado de lo que del contexto se traducía. Consulté a Diego Moral, un amigo que ha estudiado para ser profesor de inglés. Su primera reacción fue decir que no había traducción en español, pero acto seguido propuso que, de haberla, podría ser algo así como "batiburrillo". Me pareció idónea. Al menos, suficientemente idónea como para entrar en la traducción. Y más tras comprobar que en la RAE, su forma recomendada (baturrillo), dice de ella en su segunda acepción:
2. m. coloq. En la conversación y en los escritos, mezcla de cosas inconexas y que no vienen a propósito. 
¿Es curioso imaginar a un inglés diciendo batiburrillo? Mucho. ¿Es la palabra perfecta para traducir ese concepto? Imposible. Pero me parece una palabra bastante apropiada para el uso que se le da en este texto. Así que si alguna vez se hace una traducción de "Sweet Thursday", ahí va mi propuesta para la traducción de los capítulos 3 y 38.
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lunes, 26 de agosto de 2013

Carta sin mandar

Foto de Sam Javanrouh

Querido Roldán,

   ¿Tienes activada la telepatía? Espero que no sepas cuánto te echo de menos, porque quizá sea demasiado. Esto iba a ser una postal, pero me he dado cuenta de que se me iba a quedar muy pequeña. ¿Cómo te va todo? Pregunto por preguntar, sé cómo te va: genial. Al menos, así lo parece por las noticias que me llegan de ti. He visto que no has parado de viajar, ¡qué envidia! Más que preguntarte sobre qué haces debería preguntarte qué no haces. En cuanto a mí... no quiero sonar derrotista, pero es cierto que no hago nada. En realidad nunca he hecho nada de nada. No me malinterpretes, sí que hago cosas, claro, me mantengo ocupada, pero no hago nada nuevo, nada que me haga sentir que vivo por un motivo, que avanzo. Perdón por ponerme dramática, esta soy yo. Creo que es una faceta de mí que jamás llegaste a conocer, aunque hubo momentos en que pudiste intuirla (quizás lo hiciste, pues tuviste simpre el tacto suficiente para no indagar demasiado en ella). A veces pienso que te encandilaste de mí por equivocación, creyendo que yo era de los tuyos, una nómada, una despierta, una aventurera. Y entiendo que lo creyeras, pues es cierto que lo aparenté, contigo. Pero ya hace varios meses que no nos vemos y voy recordando quién soy, porque me temo (aún tengo mis dudas) que soy esta: la sedentaria, la dormida, la casera.

    Creo que no debimos despedirnos como amigos. Quisimos hacerlo todo bien, demasiado bien, y salió mal, al menos para mí. Creo que si nos hubiésemos dejado cegar por el amor, y nos hubiésemos mentido, y hubiésemos dicho «Para siempre, para siempre, no importa la distancia», el tiempo y la distancia nos habrían puesto en nuestro lugar y habríamos aprendido que somos jóvenes, que cualquier rato es un siempre, que la distancia sí importa. Lo teníamos que aprender. Pero quisimos ser más listos que todo, que el futuro, que el tiempo, que el amor mismo, que las otras parejas. Y predijimos que éramos jóvenes, que cualquier rato es un siempre, que la distancia sí importa. No lo sabíamos. Yo, al menos, no lo sabía. Todo es muy bonito de cara al tendido, y así lo mantenemos; eso no lo podemos quebrar con palabras. Porque jamás te voy a decir esto. Tan sólo dejaré, si aún eres capaz de leerme el pensamiento como solías, dejaré que uses tu telepatía. Yo he perdido la capacidad contigo. Necesitaba tenerte cerca para leerte. Mi telepatía era más kinética; funcionaba aún mejor con el tacto. Pero tú eras el experto en la telepatía sin contacto visual, no sé cómo; no he conocido a ningún otro hombre capaz de algo similar. Podías preguntarme de pronto por esa amiga de la que yo estaba preocupada debido a algo que aún no te había contado. O me llamabas al móvil para invitarme a cenar cuando estaba a punto de marcar tu número para proponer lo mismo. O me soñabas con el pelo corto cuando estaba pensando en cortármelo. Tú siempre fuiste el increíble con ese superpoder y me pregunto si aún serás capaz de ejercerlo conmigo. Me pregunto si cuando leas la breve y superficial postal que al final te enviaré, serás capaz de conectar conmigo, y leer más allá, y percibir un sentimiento mal apagado, y una pena mal escondida, y un «todavía» mal expresado. Estoy segura de que si nos viéramos, me leerías a la primera. Por eso te he evitado en cualquier medio que implique inmediatez, como el teléfono, o Internet. La otra carta que te mandé no pude evitarla, fue superior a mis fuerzas, pero en ella me esforcé por contenerme.

    Sigo esforzándome por contenerme, porque de alguna forma sigo temiendo que me leas la mente, y no quiero que descubras que soy débil, que no fui capaz de interiorizar nuestro pacto. Pero al ponerme a pensar sobre qué escribirte en esa escueta postal no he podido fingir más, y he tenido que venirme a este papel, y ponerme a escribir esta carta que jamás te enviaré para decirte esto que nunca te diré. Y dejaré las verdades a medias para la postal.

    Esto es lo que nunca te diré: nunca conseguí volver a ser tu amiga.

Silvia

domingo, 25 de agosto de 2013

Leyendo Momo a Felisín

   Le estoy leyendo Momo a Felisín en ratos sueltos. A mitad del capítulo 3, Félix espera a que termine una frase para salir disparado mientras dice ¡Tengo que echar un truño!

   Ya estoy aquí, dice. Vuelve y escucha un rato, más o menos quieto. De pronto, vuelve a salir de la habitación. ¿Adónde vas?, le pregunto. Espera, dice. Viene con un guante de nieve puesto en la mano izquierda, e intentándose pasar por la cabeza una especie de prenda amarilla y fluorescente. Le pregunto que qué es eso. Es de la policía, responde. Y sí, en aquella especie de banda fluorescente con agujero pone algo así como Policía Municipal. Félix escucha atento unos minutos más. En una pausa, aprovecha a preguntarme: ¿Sabes qué es?, me señala el guante. ¿Qué? Mi guante de disparar. Y finge disparar una pistola. Muy de vez en cuando interrumpe con dudas, pero estoy seguro de que entiende menos palabras de las que pregunta. A veces repito y cambio frases para que le quede más claro.

   Aguanta hasta el final del capítulo atento, incluso expectante. Le pregunto si quiere que le lea el siguiente y me dice que sí. No tarda en desaparecer de nuevo. Cuando vuelve, me pide ayuda para ponerse la pareja del primer guante. Una vez tiene los dos puestos me pide que los ate entre ellos, con una especie de enganche-mosquetón que tienen. Lo hago. ¡Oh, no, estoy preso!, exclama con una risita. Sigo leyendo y Félix no deja de juguetear con los guantes. Y así termina el capítulo cuarto. Otro, pide. Vale. Pero espera, y vuelve a salir corriendo de la habitación.

   Me espero un rato tirado en la cama, pero no vuelve. Sigo a mi aire y Felisín no vuelve a aparecer por la habitación. Otro día más.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Adiós al Reto de los 50 libros

Se acabó. Me he hartado. Con la presión de leer para reseñar y para cumplir un cupo estoy perdiendo el gusto por leer tranquilamente. Así que abandono el reto, que de todas formas ha ido pobremente en los últimos meses.

Como me gustan los numeritos, aquí van unos cuantos.
La cuenta se queda en 18 lecturas, de las cuales:

Por idioma original
Escritas en español: 10
Escritas en inglés: 5
Escritas en italiano: 1
Escritas en latín: 1
Escritas en portugués: 1
Leído en versión original: 2 (Waiting for Lefty y Messagem)

Por género
Novelas: 9
Recopilación de cuentos: 3
Teatro: 3
Poesía: 1
Ensayo-ficción: 1
Otros: 1 (La biblioteca del náufrago)

Las vomitonas sobre cada libro, aquí: 50 libros 2013.

Ultimamente he leído también los cómics El garage hermético, de Moebius, y Loveless (1 y 2), de Azarello y Frusin. Mientras escribo esto estoy a mitad de La manía de leer, de Víctor Moreno y Hay una guerra, de Roger Wolfe.

Espero que la renuncia a esta autoimposición me haga recobrar el gusto de coger un libro con naturalidad. Creo que tanto la angustiosa cuenta, como el leer con la intención de reseñar lo que leo me está bloqueando.

Entre los leídos, mi favorito ha sido La tregua, de Mario Benedetti. Seguido de Cinco horas con Mario, de Delibes.

Hasta otra idiotez.

domingo, 4 de agosto de 2013

Una teoría rápida sobre el consumo dramático

Autor: Oleg Shuplyak
    Una de las razones por las que nos sumergimos en ficciones es porque las historias le dan un sentido al dolor y las emociones. Un sentido que en la vida real no llega a tener, por lo común, una consistencia tan clara. Por ello, aunque al consumir estas ficciones suframos o sintamos fuertes pasiones (muchas de las cuales podemos aborrecer: pena, tristeza, etc.), recibimos algún tipo de placer al ser testigos de estos dramas. Además, podemos desapegarnos de ellos y retomarlos cuando sea necesario. Precisamente porque son dramas virtuales y no reales volvemos a ellos, porque nos hacen sentir emociones sin tener el contrapunto de ser dramas reales, y en consecuencia verdaderamente terribles.

   En la ficción las reglas de la empatía son otras. Al seguir a los personajes en sus evoluciones vitales, solemos juzgarlos mucho más por su personalidad y trasfondo que por sus actos, que en muchas ocasiones repudiaríamos, de conocer sólo las consecuencias (véase el ejemplo actual de Dexter, o el clásico de Raskólnikov, de Crimen y castigo, pero se aplica a otros tantos más personajes de los que pueblan libros, películas y series).

   Las historias son invenciones cargadas de sentido. E incluso aunque no pretendan tenerlo, tendemos a buscárselo. El sentido en su forma más básica es la unidad (de unión). Y toda historia tiene una unidad. Al construir una historia (no importa real o ficticia) se hace un proceso de selección: qué elementos son importantes para el entendimiento y enriquecimiento de la historia. Ese criterio de selección, sea cual fuere, da unidad a la historia. Y de esa unidad se pueden extraer significados, que podemos entender como sentidos. El sentido no tiene por qué ser el adónde va, la supuesta finalidad de la historia (esto tendería a ser una moraleja); puede ser perfectamente el de dónde viene. En cualquier caso, es una carga latente en cualquier discurso narrativo.

   La realidad, lo que a veces llamamos "la vida", no comienza en un punto y termina en otro. Nosotros marcamos esos límites. Pongamos por caso una biografía. ¿La historia de una persona comienza con su nacimiento? ¿O con sus padres? ¿O mucho antes? ¿O cuando empieza a tener uso de razón? ¿O cuando hace algo remarcable? Las respuestas variarán dependiendo de la historia que queramos contar. Como tal, la realidad es un continuo discurrir en el que tan sólo nuestra memoria marca los momentos que considera clave. En ese sentido, la falta de "unidad" de la vida nos puede resultar instatisfactoria. Por eso considero posible que una de las principales razones por las que nos enganchan tanto las historias es porque suelen tener una unidad compacta, un sentido empaquetado, por así decirlo, fácil de notar y entender. Que dependiendo de su contenido nos hace digerir el conjunto de una forma u otra, pero en general nos complace en nuestra habitual búsqueda (consciente o no) de sentido.

sábado, 3 de agosto de 2013

Crónica de una desdicha

   Esa mierda de que los sueños se cumplen si luchas por ellos es mentira. Desde niña, mi gran sueño ha sido ser camarera. Recuerdo cuando acompañaba a mi padre al bar, normalmente hasta altas horas de la noche, cómo esos seres míticos se movían con gracilidad para servir cañas, tapas y cacahuetes. Había una camarera en especial que me inspiró. Nunca parpadeaba, se le marcaban los huesos de la frente y era capaz de servir a cuatro clientes al mismo tiempo. Aquello eran superpoderes. Además, fue la primera mujer que conocí con cojones. Cuando era la hora de cerrar,  y yo le pedía a mi padre por favor que voliéramos a casa ya, mi padre no me hacía ni caso. Me palmeaba la cabeza e intentaba pedir otro vino. Pero entonces ella, la camarera con superpoderes, crecía en tamaño y fuerza y soltaba un berrido que hacía salir a mi padre a trompicones por la puerta.

   Mi madre me compró una cocinita, pero la usaba mi hermano, que era al que le gustaba eso, y cuando hacía sus platos de plastilina yo se los servía a las muñecas y los peluches. En las comidas, yo me encargaba de poner la mesa y repartir la comida, cosa que a mi padre le daba igual, pero que a mi madre no le hacía gracia. Un día mi madre estalló: "¡Hay cosas que una niña no puede hacer! ¡Si quiere servir, que se busque su marido!". A partir de ese día me tuve que conformar con llevarle latas de cerveza y bocadillos a mi padre cuando veía la tele, hasta que lo descubrió mi madre. Me sentía tan frustrada que mi entretenimiento favorito se convirtió en esperar junto al fregadero para poder servir un vaso de agua si alguien venía a echárselo.

   Cuando terminé la ESO dejé mis datos en todos los bares del barrio, pero ninguno quiso contratarme sin tener estudios superiores, así que me puse con el bachillerato y la universidad, para ser una camarera de provecho. Con tan mala suerte que en la universidad hicieron un casting para una película ¡y yo no me presenté ni nada, pero me vio un ojeador y me quiso meter en la película! Yo dije que no y que no, por supuesto. No me ofreció más que dinero y fama. Yo lo que necesitaba era realización personal, sentir el placer de tirar una caña y sacar la espuma justa, o echar un mosto sin mirar el vaso... Pero se enteraron mis amigas y mis padres y me hicieron ver que a veces, para alcanzar nuestros sueños, primero tenemos que sacrificarnos un poco, ir a lo seguro, ganar un salario mínimo e ir ahorrando, etcétera. Con eso en mente, terminé vendiendo mi cara bonita por las perrillas que me ofrecían, con idea de no repetir la angustiosa experiencia nunca jamás. Pero la puta película tuvo que triunfar. Y mi cara, o mis tetas, se hicieron ultrafamosas. Y mi padre de pronto se acordó de todo lo que había invertido en mí durante 20 años. Cervezas incluidas. Así que de ahí a verme obligada a ser protagonista en una superproducción hubo un suspiro. Los millones, la fama, blablablá. Ni siquiera me puedo hacer mis propios cafés. Tienen a un chaval que me trae lo que necesite. Un horror.

   Ahora me quieren meter en política. Soy mujer, soy de clase obrera, soy popular. Dicen que represento tantas minorías que tengo la mayoría asegurada. Yo sólo quiero que me griten un piropo indecente desde el otro lado de la barra y poder cagarme en los muertos del borracho de turno. Asco de éxito. Así no me contratan ya ni en un club de stripteases. Paso de esa mediocridad de revista de cotilleos. Paso de servir al pueblo. A no ser que quieran algo para mojar el gaznate.

jueves, 1 de agosto de 2013

Furiosamente rápido hacia ninguna parte

Todo sigue furiosamente rápido hacia ninguna parte. El garaje está vacío. Las moscas molestan de vez en cuando, eso es todo. Aún me queda una botella de agua, un vaso y un grifo. Si tengo sed, bebo. Otras veces bebo sin sed, por aburrimiento. No hay nada nuevo en el horizonte. Los días pasan como un dolor acostumbrado. Sufro, por hacer algo. Tengo tiempo de sobra para sufrir. Así me agrada. Por lo menos puedo hacerlo bien, sin prisas. Todo lo demás lo postergo. Todo lo demás son cosas que tendría que haber hecho hace tiempo. Si me pusiera a hacerlo ahora, tendría que hacerlo con prisa. Por eso paso. El sol sale y pienso en cosas. Provoca una sombra curiosa y me sugiere algo. Me quema los labios y bebo agua. Pienso en el movimiento, y siento, como si lo supiera, todo moverse vertiginosamente; aunque todo lo que veo está quieto. Pero el mundo se mueve. Están todos por ahí, más allá de esa línea del fondo: corriendo, gritando y llenando los vacíos. Me hacen sentir responsable de su movimiento, y de la inutilidad de su movimiento, y entonces me concentro aún más en estar congelado, y sólo me muevo para abrir el grifo, o apartar una mosca. Pero mantengo los ojos abiertos. No veo nada nuevo, pero mantengo los ojos abiertos. Vuelvo a mirarlo todo otra vez, y si doy con un recuerdo feliz, lo que miro, el paisaje de siempre, se vuelve un poco más alegre y renovado. Me siento y repaso todas las posibilidades que se me ocurren. Mis posibles vidas, si me levantara de esta silla. Mis posibles yos. A veces pasa gente perdida por aquí. Nunca saludo. Nunca se quedan. Me imagino siendo ellos y no me convence. Los días vuelan, pero resisto. Termino creyendo que nunca moriré. Entonces, cuando me doy cuenta de que he vuelto a caer en la superstición, cojo un puñado de tierra del suelo y lo lamo, y mientras toso recuerdo que ahí están mis padres, y ahí mismo, ahí encima, no por mucho tiempo, estoy yo. Este clima, o quizás mi piel, es demasiado templado. No puedo distinguir las estaciones. Todo es demasiado templado. También este agua; nunca insípida, siempre sabrosa. Pero tibia. Igual que creí en mi inmortalidad, también creía que el grifo daba agua eterna. Esta vez no lameré tierra directamente; terminaré por hacerlo de todas formas. Vienen más moscas que de costumbre. Hoy no pasa nadie por aquí. El sol se va a poner. Tengo cosas pendientes. El garaje sigue vacío.



Inspirado en parte en El Viejo, de Mario Larrá.
Forma parte del proyecto Espiral de relatos.

martes, 30 de julio de 2013

El cuento número trece, de Diane Setterfield [18 de 50]


   Esta historia está narrada por una supuesta amante de la lectura, pero encerrada en unas lecturas muy concretas: Jane Eyre, Cumbres borrascosas, La dama de blanco, Orgullo y prejuicio y poco más son los títulos que se repiten una y otra vez en las lecturas de todos los personajes, bibliotecas y librerías que aparecen en la narración. Concretamente se menciona Jane Eyre tantas veces que uno siente que debería leerlo para entender completamente la historia.

   Este elocuente detalle aparte, la historia versa sobre la biografía que Margaret Lea, la narradora, hace de una afamada pero misteriosa escritora de éxito, Vida Winter, a petición de esta última. Dicha "biografía" se entrelaza con escenas de la vida de la biógrafa mientras toma sus apuntes y verifica sus fuentes; escenas más bien pesadas (aunque el tono general pretende ser ligero), aparentemente innecesarias y tirando a insípidas que en última instancia demuestran tener relación con la historia principal. Esto último es la principal (por no decir única) virtud de esta novela, en mi opinión (eso siempre, aquí): el elenco de personajes y sus relaciones están bien hilados y compactamente engarzados para que la historia se cierre con sentido y satisfacción.

   Por lo demás, presenta unos personajes supuestamente complejos, pero a la hora de la verdad bastante idealizados y planos: una lectora compulsiva para la que su vida son los libros (especialmente los clásicos, dice, aunque por los que menciona, se podría decir que un sesgo de clásicos bastante concretos), atormentada a ratos por el fantasma de su gemela ausente, fallecida al nacer; una escritora de pasado tortuoso (pero misterioso) recluída escribiendo best sellers que oculta su pasado con vidas inventadas; un hombre ya anciano unido casi místicamente a un lugar derruído por su obsesión con su origen desconocido, un hombre que se encierra de por vida lamentando la pérdida de su amada, etc. Todo demasiado idealizado, romántico, arquetípico o simplificado, según se mire. Una novela impregnada de tanto en tanto con toques un poco góticos, supuestos fantasmas detrás de cada esquina y cada reflejo, misterios aparentemente sobrenaturales y, sin embargo, nunca sobrenaturales (¡por lo menos!).

   No es una historia completamente carente de interés, y presenta algunos rasgos obsesivos y patológicos en sus personajes de forma sutil que pueden enganchar. Pero no es una historia que me haya llegado, o atrapado, o en la que me haya llegado a interesar la vida de la señora Winter o haya querido saber cómo iban a ser las cosas.

   Quizás este último detalle sea más un rasgo de mi incapacidad para entender el tono emocional del relato que un rasgo de que el libro se quede pobre, pero lo cierto es que los llantos de la narradora siempre me pillaban por sorpresa, y más cuando decía que eran por los personajes de la historia que le estaba contando la señora Winter. En fin: empieza bastante bien y sabe terminar, pero la chicha se queda floja en general. Creo que un único personaje me ha llegado a interesar un poco: Hester, una institutriz diligente y disciplinaria de mente científica que es enviada a cuidar de dos extrañas gemelas.

   Una vez más (porque también lo comenté aquí): puede que mi crítica hacia este libro sea más incisiva porque estoy leyendo paralelamente La manía de leer, un ensayo con el que concuerdo en muchos aspectos, y en esta novela se presentan entre líneas muchos de los ideales irreales y simplistas de las bondades de la lectura y la escritura. Por supuesto que este libro puede tener sus muy amorosos lectores, pero bajo una lupa crítica palidece bastante.

Esta entrada es parte de mi reto de Leer 50 libros en 2013

domingo, 21 de julio de 2013

Los intelectuales y la gente que no lee; una cita de Roger Wolfe

 No lo suscribo completamente, pero tiene su aquel, sobre todo al principio:
   ¿Por qué demonios preocupa tanto  a los "intelectuales" que "en este país la gente no lea"?
   ¿Qué cojones me importa a mí lo que haga o deje de hacer la jodida gente?
   Como si se la menean colectivamente.
   Además, en este país se lee bastante más de lo que se dice. Siempre lo he pensado.
   Y, claro, en realidad hay una explicación: a los "intelectuales" lo que de verdad les molestaría sería que todo el mundo leyera. Y que, encima, todo el mundo tuviera su propia opinión sobre las cosas. ¿Qué iban a decir ellos entonces? ¿A quién le iban a soltar su mierda en los periódicos, en la televisión? Quieren que todo permanezca ordenado y bajo control. Que nadie les rompa la baraja. Que nadie pueda inmiscuirse en sus jueguecitos de salón.
   QUE SE SIGAN PUDIENDO DAR POR CULOS LOS UNOS A LOS OTROS SIN QUE NADIE LES JODA EL JUEGO.
   El problema de los "intelectuales" es que son una subespecie de político. De político de tres al cuarto.
   Y nadie se atreve a decirlo, de una puta vez.
   Me merece más respeto el código social de las ratas de alcantarilla. ¿A quién diablos quieren engañar?
   Termina siendo un poco incendiario, pero sobre lo de cuánto se lee o se deja de leer; me ha dado por buscar datos de ejemplares prestados en bibliotecas públicas, por tener alguna referencia, y esto es lo que he encontrado: Préstamos a usuarios. No tengo ni idea de cómo interpretar los datos (en los últimos años oscilan en torno a 30 millones de libros prestados al año). Pero se está sacando un puñado de libros (me gustaría compararlo con otros países, para hacerme a la idea de si es mucho o poco), y aunque muchos terminarán sin ser siquiera leídos (termina pasando), otros se leerán más de una vez por préstamo (que es lo que suele pasar en mi casa y supongo que en otras tantas).

   En cuanto al número de usuarios registrados, suman 11,15 millones, que de una población de 47,27 millones de habitantes hacen el 23,58%, es decir, aproximadamente una persona de cada cuatro tiene carné de biblioteca pública. Más gente que la que no tiene teléfono fijo en España (20%). Sal a la calle. Es probable que una de cada cuatro personas que veas (probablemente más, en un entorno urbano) coge algún libro de vez en cuando. Si tan emperrados estamos en que la lectura es la solución a todos los males, es para dar saltos de alegría. Qué pena que no sea, ni de coña, tan fácil.

Nota: al final he encontrado un documento más completo sobre hábitos de lectura; Hábitos de lectura 2012. Según esto, se lee un montón. Al menos, "una vez por trimestre". Y con más edad se tiende a leer menos. Pero paso de ponerme a analizar esto. Ahí lo tenéis para lo que queráis entender. Sólo diré que el porcentaje de personas entre 14 y 24 años que lee periódicos me parece irreal. Claro que si cuenta mirar un periódico de reojo cuando te estás tomando unas cervezas en un bar, lo entiendo. Además, joder, que los libros más vendidos del año pasado fueron las sombras de Grey. Si todo va a ser así, prefiero que la gente no lea.

sábado, 20 de julio de 2013

Todos los monos del mundo, de Roger Wolfe [17 de 50]

Se ve bastante de pena, pero se ve

   Un libro que engancha. Este tío habla claro, es directo, mordaz e incisivo. De colmillo retorcido. El género del libro lo llama ensayo-ficción, y viene a ser un puñado de textos variados escritos durante un par de años: reflexiones, insultos, literatura, anécdotas y mucho, mucho criticar la gilipollez humana.Y de eso no se salva nadie, ni los autores más sacralizados por los corrillos intelectuales (especialmente esos son los que menos se salvan).

   Puedo probar algunos adjetivos: es agresivo, egocéntrico, ingenioso, un tanto fatalista, pero rebelde, divertido, gruñón, paranoico, provocador. Se caga en casi todo lo cagable, con una facilidad que da gusto. Pero también reconoce unos cuantos autores que le gustan, transcribe algunas de sus traducciones (y artículos publicados en revistas), se congracia con la vida (unos pocos momentos en que se puede aspirar a "estar bien"). Y hace bastantes comentarios sobre el mismo escribir: su necesidad, su peligrosidad, su estupidez, la basura en que muchas veces resulta.

   Este libro sirve de ligera conversación con su autor, saltando de tema en tema, unas veces el tema da para dos líneas, y otras, para unas cuantas páginas. En cualquier caso, da gusto presenciar el desparpajo con que reparte estopa a todo lo que le parece idiota. El autor demuestra una voz emancipada de casi cualquier correción estándar: ya sea política o lírica. Personalmente, me ha encantado. Es de 1995, pero es mucho más fresco, inteligente y aterrizado que mucho de lo que se sigue escribiendo hoy día. Y sobre todo, muy crítico con coco (aunque el coco sea el suyo), algo que se echa bastante en falta en la concepción habitual de las humanidades y la literatura (este pensamiento puede estar influenciado por otro libro que estoy leyendo -La manía de leer-, pero es algo en lo que concuerdo).

   Copio un extracto, para terminar:
   Nunca he pretendido que la mierda que yo cago sea necesariamente mejor que la que cagan los demás.
   Simplemente que su olor no me molesta tanto.
     Ah, y bueno, también habla de alcohol, drogas y tal.

Esta entrada es parte de mi reto de Leer 50 libros en 2013

viernes, 19 de julio de 2013

MEDIA DOCENA DE NORMAS QUE AHORA MISMO SE ME OCURREN, de Roger Wolfe

(1) Nunca pidas consejo sobre lo que escribes. Nunca des consejos sobre lo que escriben los demás. Que cada palo aguante su vela; el verdadero escritor sabe lo que tienen que hacer; el que no lo sabe, que se dedique a poner ladrillos.
(2) No hables con nadie sobre lo que estás escribiendo. Esto es a veces dificil, pero con la práctica se consigue. Los objetivos son básicamente dos: evitar el plagio consciente o inconsciente de tus ideas y evitar que se te vaya la fuerza de lo que escribes por la boca. El escritor, la propia palabra lo indica, es alguien que escribe. No tiene por qué querer ni saber hablar.

(3) Evita la sobreexposición a toda costa. Un poco de publicidad es bueno; demasiada, un coñazo. El exceso de cobertura informativa -reseñas, entrevistas, declaraciones, fotos (mucho cuidado con las fotos)- se convierte rápidamente en algo odioso. En el primer caso, las reseñas, no se puede hacer gran cosa. En cuanto a las entrevistas, hay que saber escoger, siempre que se pueda. Una mala entrevista puede hacer más daño que diez años de trabajo fallido.

(4) Jamás acudas a la televisión. En cualquier caso, jamás lo hagas a menos que estés absolutamente seguro de poder dominar el medio. Esta facultad es extremadamente rara. Recuerda que la cámara, como la fotografía, siempre miente. Y que intentarán por todos los medios hacerte decir gilipolleces que luego quedarán filmadas para el resto de la eternidad.

(5) En las entrevistas, utiliza la insidia de los periodistas a tu favor. Es decir: desvía su atención jugando con su propia psicología. No digas nada que requiera un mínimo análisis para ser entendido. Habla despacio, usa frases cortas, y si quieres conseguir un determinado titular, suéltalo por el extremo de la boca, como quien no quiere la cosa. Recuerda que el periodismo es deductivo, nunca inductivo. Esto quiere decir que un periodista jamás escucha lo que tú estás diciendo; saca conclusiones basadas en juicios previos y luego juega a encajarlas con cada palabra que dices.

(6) En cuanto a los críticos, pueden ocurrir tres cosas: a) No hablan de ti. Chungo. Eso hay que arreglarlo, y rápido. b) Hablan de ti, y bien. Pasando. c) Hablan de ti, y mal. Es la mejor de las tres posibilidades. Significa que te consideran lo bastante peligroso como para perder el tiempo intentando echarte abajo, y que tu obra va perdurar. Reclínate y sigue con tu trabajo. Su cadaver no tardará en pasar ante tu puerta.

Extraído de Todos los monos del mundo

lunes, 15 de julio de 2013

Una palabra en un minuto: Cuervo

Reordenando las entradas del blog en la barra de botones he recaído en la entrada Dos palabras, en que hablaba de una página curiosa en que cada día se ofrece una palabra sobre la que se invita a escribir todo lo que se te ocurra en un minuto. He vuelto a hacer el experimento y esta vez la palabra era raven, es decir, cuervo.

Esta vez me ha dado por escribir en español:
Voló bajo. Picó. La serpiente le mordió el cuello, pero el cuervo le sacaría los ojos antes de que el veneno le llegara al cerebro. Era un cuervo viejo, pero jamás regalaría su vida.

viernes, 12 de julio de 2013

ALLENDE [Relato]

   Cruzando una montaña, dos mares y tres desiertos se llega a un lugar más real que ninguno, donde los hombres conocen y aman todas las leyes de la naturaleza, incluso las menos intuitivas. Allí entienden la condición del fuego, y la relación entre dos vibraciones distantes, y las causas primeras de los humores enfermizos. Gustan de medirlo todo, y emplean sus propios números (que son finitos, pues no aceptan la existencia de un número si éste no tiene su equivalente empírico).
    Hasta aquí las coincidencias entre sus habitantes, pues hay una disputa milenaria entre Aparentes y Consecuentes. Es común considerar que sólo lo posible es admisible y recto, y todo lo percibible ha de ser posible de alguna forma; por ello la ética de la mayoría, llamados Consecuentes, es completamente laxa. Sin embargo, existe una facción extremista que rechaza cualquier apariencia que contradiga las leyes naturales, sin importar su plausibilidad. Estos hombres, llamados con ironía Aparentes, imponen su moral con violencia, aniquilando a magos, homeópatas y profetas. Por su parte, los Consecuentes aprecian a magos, homeópatas y profetas, ya que son posibles, y de hecho existen; pero no censuran su matanza, pues ésta también es factible, y por tanto, buena.

jueves, 11 de julio de 2013

Microrrelatos 2013, (Varios autores), de Bardeblás [16 de 50]



    Hace poco reseñé (a mi manera) la edición de Microrrelatos del Bardeblás 2012. Ahora hace unas semanas que salió la edición de este año y vuelvo a la carga. Para saber en qué consiste el concurso y su edición consúltese la anterior entrega.

   En esta ocasión paso directamente a los premios. El primero me parece justificado, premiable, probablemente merecido (aunque, personalmente, no lo entendí a la primera):
EL MEMBRILLO
José Manuel Sastre

   Le llaman Membrillo porque tiene el pelo amarillo y se arruga con facilidad en el patio. Juega a las canicas; tiene habilidad y tino pero si se acercan los chavales de tercero falla el tiro y pierde la bola.

   Si le pregunta el maestro, se queda callado. Ya ha probado las dos rutas; si acierta, desde el fondo reconoce la voz de López: eres un pelota, "Membrillo"; o si falla: "no sirves ni para hacer la O con un canuto". Eso, en Don Lucas, le duele más. Ahora es mudo.

   Esta mañana, en el recreo, ve a Carmen echando un líquido en las roppas de los que están en la cancha. Ella lo advierte. Se levanta el flequillo y prosigue la tarea. Sólo asoman unos dientes blancos por su boca.

   Luego se entera que era lejía lo vertido.

   Luego le llegan las culpas, porque era el único al que vieron cerca de las ropas.

   Luego el primer tortazo de Don Lucas. Que confiese, le dice.

   Y luego otra, y otra, coreadas por todos los niños: "que cante, que cante".

   Y él mira a Carmen.

   Y ella piensa que debe ser muy dulce, a juzgar por cómo la mira.
   El segundo premio, sin embargo, no me entra en la cabeza cómo puede estar ahí. Antes de ponerme a despotricar, lo transcribo:
DOS MIL...
Carolina Blanco

   Ya no hay vuelta de hoja... Hace tiempo que sólo nos queda el salto de página.
   Me parece vergonzoso que este juego de palabras se haya llevado el segundo premio (o cualquier premio). No por la frase en sí: es ingeniosa y visual. Pero ya está. No es un microrrelato. Al menos, yo no entiendo que lo sea. ¿Qué cuenta? ¿El paso de un mundo analógico a uno digital? Entonces, como historia, es obvia e innecesaria. ¿Que puede insinuar algo sobre una relación amorosa y su adaptación a los tiempos modernos (ved que empleo toda mi capacidad de elucubración en buscarle sentido)? Quizás, pero me sigue pareciendo pobre. Imagino que su principal virtud es esa: su ambigüedad.

   Quiero hacer un alto en este punto y reflexionar. He notado ya en varias ocasiones, leyendo estas recopilaciones, que ciertos textos seleccionados me hacen sospechar de su cualidad de "relatos". Hay dos vertientes principales, que haya reconocido. Yo los divido en estos: textos poéticos y citas (o reflexiones). Para empezar habría que definir qué entendemos por "microrrelato"; a mi parecer, un microrrelato debe tener las mismas cualidades que un relato, con la única diferencia de su menor extensión. Y la principal característica de un relato es que cuente algo. Que pase algo. ¿Parece algo simple y obvio, no? Pues no debe serlo tanto. En estas recopilaciones se cuelan de vez en cuando estas dosis de micro-ensayos o micro-prosa poética. Es algo que me fastidia especialmente (porque debo ser un rancio pureta literario y me tomo las cosas muy a pecho), y más cuando no son sólo publicados como microrrelatos, sino que además se alzan con una mención especial, como ese segundo premio, a mi juicio injustificado, u otro que se contó entre los diez Finalistas de la edición del año pasado:
DICEN...
Julia Delgado

Dicen que el tiempo lo borra todo, pero nadie te especifica cuánto hay que esperar para poder escribir encima.
   De nuevo, una frase que puede llamar la atención (a mí en concreto no me hace tal efecto) o ganar un premio de "estados de Tuenti", o un puñado de retuits. Intento pensar qué dirían sus defensores si les preguntaran por qué consideran esto un relato, y supongo que podrían decir que se insinúa una historia (de amor, como de costumbre cuando no hay más pistas) de una herida que se produjo, y transmite el sentimiento de inseguridad que se produce después de lo ocurrido. Todo muy etéreo, muy ambiguo, muy interpretativo. En inglés tienen una palabra perfecta para definir esto: bullshit. Literalmente significaría 'mierda de toro', por lo que el palabro tiene más fuerza que alguna compatriota como "sandeces". Si entramos en que todo tiene mil interpretaciones, no hay filtro: todo es (puede ser) un relato. Todo es bienvenido. Eso sí, a ver quién juzga todas las posibles interpretaciones. Quizás diferenciar qué es un relato y qué no sea un arduo trabajo, pero no me lo parece tanto. Al igual que el tipo de reflexión arriba ejemplificado, otros textos meramente poéticos aparecen entre estas páginas en ocasiones. Uno se resigna y se adapta, tampoco es el fin del mundo, pero molesta un poco que existan estas confusiones entre los que se presentan y, sobre todo, entre los encargados de seleccionar los relatos.

   [Una nota: no es que todo relato de una frase no pueda contener una historia, pero a menudo, en los ejemplos que encuentro, no me parece que lo hagan, y me da que sus editores abusan del beneficio de la duda en cuanto a su interpretación se refiere.]

   Con la disgresión he dejado atrás el análisis de los premiados, en concreto del tercero. El relato trata de dos niños, uno cristiano y otro musulmán, unidos por sus fechorías y separados por su religión. No lo voy a transcribir; lo podéis encontrar en el Bardeblás junto con el resto de la centena de microrrelatos. Entiendo un poco su selección, es inteligente y sutil, pero no me parece tan potente como para llegar a los premios.

   En cuanto al Premio Especial Pura Gula (premio al microrrelato más divertido), trata de un hombre a una nariz pegado (no llega a parafrasear a Quevedo pero por ahí va). Curioso

   He vuelto a leer marcando mis favoritos. En el de 2012 marqué 8 favoritos. Esta vez he hecho hasta una distinción: entre los favoritos y algunos que me parecían buenos pero no tanto como para llegar a decir que fueran "favoritos". He marcado con un punto 4 favoritos y con una raya 5 casi favoritos. Por ejemplo, entre los "casi favoritos" (qué mal suena esta denominación, en fin) está este:
QUÍMICA DIVINA
Eduardo Higueras

Mi chica es una diosa. No, no es sólo que esté absolutamente cañón. ¡Lo es de verdad! Con poderes y toda la parafernalia. Quizá piensen que es Afrodita. No, pero son parientes. Es Ishtar, diosa babilónica de, atentos, la guerra, la fertilidad, el sexo y el amor. Alucinante, ¿no?
   Ya. Pues no lo es tanto cuando se te enfada y te teletransporta al primer desierto que se le ocurre -Gobi es su preferido-, o te manda a una base de narcos en Sudamérica. O, esta fue graciosa, a una macrofiesta en la casa Playboy y sólo por decirle en broma "me duele la cabeza" cuando quería acción. Eso es genio.
   Tota, que entre clases forzosas de superviviencia, horas y horas de fogosidad volcánica y haber estado ella ajustándome la dieta, estoy ganando una musculatura que no creía posible en un ser humano. Vamos que a veces lo nuestro no parece una relación sino un régimen de entrenamiento.
   ¡No se confundan! Supe desde el principio que estar con ella conllevaría trabajo, pero ha merecido la pena. Ishtar es un sol y aprecia mucho mis esfuerzos. Fíjense, si todavía se ríe cuando le digo que sigo siendo ateo. Joder, ¡eso es química!
Por el tono del relato intuyo que aspiraba al premio al relato más divertido, pero creo que es eficaz en otros niveles también. Y es de los pocos que incluyen un poco de fantasía, por cierto. Entre mis preferidos, este:
CLICK
Rodrigo Pérez

   La ley marcial que imponía su presencia hizo que todos en casa contuviéramos la respiración cuando a mitad de película mi padre se levantó y sin mediar palabra se fua a la cocina. Cada gesto, cada silencio, cada mirada o cada ademán hacía que todos nos sobresaltásemos. A diario de vuelta del colegio yo fantaseaba con que me secuestrasen y me llevaran lejos de ahí, muy lejos, no me importaba dónde y cómo, sólo quería no tener que regresar al terror de escuchar a las diez de la noche cómo la cerradura giraba y la casa se emponzoñaba con su presencia. De haber tenido más años me habría escapado o habría hecho alguna locura. A veces fantaseaba con coger su pistola reglamentaria, con la que tan a menudo nos amenazaba, y devolverle la jugada. Pero esa noche cuando se fue a la cocina el único ruido que rompió el silencio sepulcral fue el de su propia Bereta FS92 de 9 mm. descerrajándole un tiro en la sien y barriendo la casa con un bramido espeluznante. Cuando histérica y entre lágimas mi madre me gritó desde la cocina que llamase a la ambulancia sólo atiné a decir "No hay prisa".

    Esto es a grandes rasgos, casi a modo de collage, lo que opino de esta recopilación. Aunque critico muchos aspectos con vehemencia, sé que esto es un proyecto humilde y que bastante fortuna es tener un concurso como este en Burgos. Y precisamente por ello puede que sea tan crítico: me gustaría que fuese lo más perfecto posible. Pero la perfección teórica es raro que se conjugue con la humanidad (muy práctica ella). Pese a todas mis quejas, siempre es un gusto ver qué se cuece entre los escritores burgaleses más a pie de calle.

   No he mencionado que me presenté a este concurso. Mi microrrelato no ha sido seleccionado. Cuando me enteré casi decido no comprar el libro. Sinceramente, lo creo muy bueno, si no para ganar, desde luego para ser seleccionado. Pero a la gente que se lo he enseñado me han dicho que probablemente era demasiado complicado, y seguramente sea así. Me da igual, sigo creyendo que es mucho mejor que la mayoría. Cuando menos, más original. También me he planteado hacer una versión más larga, explicada con más detalle, con personajes concretos, e introduciendo tramas, puesto que quizás el relato sea sólo el germen de una idea mayor. Si os interesa, seguramente lo publicaré en la próxima entrada del blog. En cuanto a si el hecho de que no cogieran mi relato ha influenciado esta "reseña", creo que no ha sido así. Intento valorar mis escritos de forma objetiva, aunque esto sea imposible, y muchas veces los desprecio, pero en este caso le tenía un cariño especial. Por ello que en un primer momento me tocara el orgullo saber que no había sido seleccionado. Pero después mi actitud cambió a resignación y, como mucho, pensar "peor para ellos". Quizás hicieron bien, quizás el relato sea demasiado compacto, espeso y falto de la emoción que suele caracterizar a los ganadores, pero sé que entre esas líneas hay potencial. Pese a esta circunstancia, creo haberme mantenido objetivo (con mi criterio) en la crítica de los microrrelatos, premios y selección. Eso sí, como soy un poco capullo cuando quiero, quizás el próximo año envíe alguna cita/reflexión breve, resultona y profunda al mismo tiempo, sin acción, eso sí, a ver si me cuelo entre los finalistas.
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Y de regalo, ya que lo he mencionado, el soneto "A una nariz", de Quevedo:
A UNA NARIZ

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Érase un reloj de sol mal encarado,
érase un alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón mas narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.

jueves, 4 de julio de 2013

Mensagem, de Fernando Pessoa [15 de 50]


  Me cuesta viajar al extranjero sin comprar algún libro. Es el tipo de recuerdo que más me gusta, especialmente (claro) si puedo leerlo. Viajar es también una gran oportunidad para comprar libros en la lengua original de sus autores. Hace unas semanas fui a Portugal (Oporto y Coimbra). No entiendo portugués, pero, como todo español, tenía la sensación de que podría entender la mayor parte, sobre todo si lo tenía por escrito. Así que quise comprar un libro que pudiera leer.

   Encontré una librería pequeñita y vieja, llena de libros hasta el techo, que me gustó. El librero era un hombre mayor vestido elegantemente. Me ofreció su ayuda pero primero quise ojear los estantes. Observé que tenía muchas ediciones antiguas. Eso, para un estudiante pobre como yo, significa, sobre todo, precios caros. Le expliqué al librero que no sabía portugués, pero quería un libro sencillo, que pudiera entender, y barato a ser posible. Tras ofrecerme diferentes novelas, le dije que prefería probar con poesía, que quizás fuera más escueta. Recordé que en el Grado de Español me habían hablado de un autor portugués que había publicado mucho con diferentes seudónimos y así se lo expliqué al librero. No sé si me entendió, pero parecía que no se le ocurría quién podía ser dicha persona. Yo no estaba seguro, pero sólo se me venía un nombre a la cabeza: Pessoa. Se lo dije y rápidamente me sacó varias recopilaciones, pero todas eran muy caras. Quedaba un pequeño librito, Mensagem, de aspecto ajado y ligero. Era seguramente barato para ser tan antiguo, pero caro si se tomaba en cuenta sólo su volumen. En ese momento ni siquiera estaba seguro de que Pessoa fuera el autor que me había producido curiosidad. Pregunté por otros libros de poesía. Algo más contemporáneo. Me sacó un libro nuevo, más voluminoso que el de Pessoa y más barato. Los sopesé por un rato. «¿Está bien este?», pregunté señalando el de Pessoa. Sabía que el autor tenía que ser bueno, y los libros viejos tienen su encanto. «Te prometo que no te decepcionará», me dijo en perfecto español (en realidad no, pero así lo recuerdo). Así que finalmente vencí mi propensión económica de considerar la relación tamaño-precio y tuve en cuenta otros factores que me hicieron pagar más por algo, supongo, mejor.


  Pero al leer este libro he descubierto que mi presunción de poder entender fácilmente el portugués fue demasiado atrevida.


  ¿Tiene sentido leer un libro en un idioma que no conoces? Obviamente, no. Pero quizás dependa mucho entre qué idiomas juguemos. Sin saber portugués o italiano, un español puede leer textos en estos idiomas y llegar a enterarse de bastante. Si se sabe un puñado de diferencias de pronunciación que hay entre la lectura de estos idiomas y la del español, se puede ser capaz de saber cómo suena lo que se lee. Especialmente en el caso de la poesía, esto no es poco. Sin embargo, estamos de acuerdo en que los libros se leen por su contenido, incluso los más poéticos y abstractos.


  Pero en esta ocasión he decidido leerlo sin preocuparme por el significado. Al principio hacía el esfuerzo de enterarme de lo que leía, y algo alcanzaba a entender, pero tampoco demasiado. Pronto me abandoné a los sonidos y a la imagen impresionista que formaban las palabras sueltas que iba entendiendo. Leer Mensagem ha sido una experiencia muy diferente de leer cualquier otro libro. Ha sido una lectura automatizada sin culpa, un fluir natural por las palabras, sin detenerse a descubrir lo que guardan. Un disfrute profano de las formas, las cadencias, los vínculos y las melodías. ¿Desde cuándo se lee sólo por el crecimiento espiritual? ¿No se lee a menudo meramente por el disfrute, por el entretenimiento que da el libro? ¿Quién dice que seamos mejores después de haber leído? ¿Quién dice que no se pueda leer un libro sin entender una palabra?


  Aún más: creo que ni entendiendo portugués (o leyendo una traducción) entendería de verdad gran parte del libro, pues muchos poemas están inspirados por personajes históricos portugueses totalmente desconocidos por mí, con lo que me faltaría el contexto. Además, aunque los poemas son cortos y aparentemente sencillos, me da la sensación de que muchos son bastante complicados pese a tales formas simples.


  De momento me quedo con la experiencia de esta lectura sui géneris, y si otra lectura de la misma obra en español se me ofrece más adelante, descubriré qué néctares paladeé sin tragar.



Esta entrada es parte de mi reto de Leer 50 libros en 2013

miércoles, 3 de julio de 2013

Crónica de una aventura mañanera:

Hace unas semanas vi que se publicó una convocatoria de beca para asistir a estudiantes que vienen de Michigan (Estados Unidos) de agosto a diciembre. Por supuesto, me pareció una beca hecha para mí, pero cuando leí la convocatoria vi que había que tener un título en inglés, ya fuera de Cambridge, EOI, TOEFL,... para probar nivel avanzado. Como soy tan listo, no tengo ninguno.

Así que más o menos descarté que me fueran a dar la beca, pero pensaba presentarme pese a todo, por probar suerte. Así que he esperado, por supuesto, al último día, hoy, para ponerme con ello. Todo lo que ha ocurrido podría haberse previsto si hubiera hecho las cosas con tiempo, pero, en todo caso, las circunstancias no han ayudado:

12:00 : Suena el despertador del móvil. No lo había puesto el día anterior (me dormí leyendo), pero por suerte lo tenía programado del día anterior para sonar a diario (sí, estos horarios gasto en verano).

12:20 : Suena el despertador por tercera vez. Por fin, me levanto y me pongo directamente con el ordenador. Viendo lo tarde que es, decido pasar del desayuno y así poder entregar los papeles antes de las 14h., hora límite.

12:30 : Descubro que para optar a la beca no sólo contaban los títulos: ¡también haberse ido al extranjero con la Universidad! ¡No había leído la última parte! ¡He hecho Erasmus, entro en la convocatoria! ¡TENGO que entregar esto!

12:35 : Hago recuento de documentos que tengo que entregar y veo que también hay que presentar una carta de motivación. Busco en Google: «cómo escribir una carta de motivación». Abro 5 pestañas, las leo todas por encima. De pronto, no me importa tanto cómo escribir el texto en sí sino cómo empezar el encabezamiento: «Estimados ... ¿qué?». Después de comparar varios ejemplos, me decanto por «Estimados Señores de la Universidad de Burgos». Me da igual. No me voy a comer la cabeza.

13:10 : Termino la carta de motivación (al final he decidido añadir «Señores/as»), actualizo un par de detalles del C.V. y copio todos los documentos que necesito imprimir en un pendrive. Me pongo a buscar los títulos que acompañan el C.V.

13:30 : Encuentro el título de la carrera pero no aparecen los papeles de estancia de Erasmus ni las notas. Decido pasar de los títulos, ya los entregaré más adelante si consigo entregar lo esencial hoy.

13:35 : Salgo disparado de casa con la bici.

13:40 : Entro en la copistería del barrio como un forastero atrevido en un bar de vaqueros. Digo: «Siento las prisas, pero tengo unas copias que hacer, sólo si pueden estar en 5 minutos» y le ofrezco el pendrive. La dependiente me mira fíjamente y declara «Me estás pidiendo que no pase el antivirus». Se palpa la tensión y un niño haciendo la croqueta pasa entre nosotros. El tiempo se detiene, pero eso no ayuda. La dependiente decide arriesgarse por el bien de su negocio y toma el pendrive.

13:45 : Se ha imprimido todo, salvo el Currículum. También falta de fotocopiar el DNI. De pronto la máquina se pone a hacer sonidos raros. El Currículum no sale. Hay otros clientes haciendo cola. Entra en la copistería un mensajero con un paquete y prisa. «Todos tenemos prisa», le suelta la dependiente empezando a estar de los nervios. «No te preocupes», digo, «entrego lo que tengo y ya entregaré el Currículum más adelante». La dependienta maldice la tecnología repetidamente. Le propongo reiniciar la fotocopiadora, lo hace y finalmente el Currículum sale imprimido y el DNI fotocopiado.

13:50 : Con los papeles en la boca, vuelo a MACH 3 con la bici, arriesgando mi vida y todas las de los que se me cruzan.

13:55 : Superando, seguro, varios records, paso por la Facultad de Económicas y me dirijo a Derecho, para cruzarla también y llegar al edificio del Registro, edificio nuevo de la Universidad que aglomera todos los servicios y la burocracia.

13:56 : Dejo la bici de mala manera en la calle y entro sudoroso en el Registro. La mujer que atiende está al teléfono. Le enseño los papeles. «¿Dónde tengo que entregar esto?», le pregunto, a lo que me responde: «¿Dónde tienes que entregar esto?».

13:57 : «¿Tienes que entregarlo aquí en el Registro o en la Fundación General de la UBU?». En el papel de la inscripción pone «Fundación Universidad de Burgos» por todos lados, y en la convocatoria ponía que había que entregarlo allí (se me enciende la bombilla). ¡Pero pensaba que la famosa Fundación estaría en el mismo edificio que el resto de Servicios!

13:58 : Por suerte, mientras la mujer del Registro sigue hablando por teléfono, un trabajador que anda por ahí me dice que la famosa «Fundación» está en el edificio de Económicas. ¡Mierda, lo he pasado hace un momento! ¡Tengo que volver! El buen hombre me indica por qué puerta entrar para llegar antes.

13:58 y medio : Se me pincha la rueda trasera al subir un bordillo en la Facultad de Derecho. Aprieto incluso más y hago los últimos 200 metros con la rueda hecha un chicle.

13:59 : Salto prácticamente de la bici e intento abrir la puerta de la Gloria pero ¡ESTÁ CERRADA! Un ángel se aparece y abre con su tarjeta. «¿Buscas la Fundación?», me dice, «Está ahí a la derecha». Me teletransporto «ahí a la derecha» y me encuentro con un laberinto de puertas y carteles, todos diciendo «Fundación Universidad».

14:00 : Llamo compulsivamente a todas las puertas, pero veo que en la mayoría la luz está apagada por dentro. Localizo dónde hay luz y allí llamo con énfasis, y pruebo a abrir, pero está CERRADO. La oficina con luz tiene dos puertas, así que voy a probar la otra, a unos metros de la primera. Llamo, nadie responde. Intento abrir, también cerrada. De pronto abre alguien la otra puerta, y una mujer hablando por teléfono (¿con la del Registro?) se asoma.

14:01 : Le hago señas a la mujer desde el otro lado del pasillo con los papeles. Me ha visto, pero se mete de nuevo en la oficina para defender su fortaleza de mi asedio. ¡Ah del castillo! Me dirijo como un ariete, decidido a derribar la puerta y dejar mis papeles allí sea como sea, cuando una voz detrás mío me para. «¿Qué quieres?». Un hombre acaba de salir de los baños y, en vez de huír, se interesa por mí, ¡albricias! Le explico la situación y me dice que la oficina ya está cerrada, pero que él puede coger los papeles y que se los dará a sus compañeros. Que me llamarán si falta algo.

14:02 : «Perfecto, eso sería perfecto», le digo. Se lo agradezco muchísimo, le digo que me ha pasado de todo para llegar allí (no le cuento la historia porque bastante tiene con su vida, y tampoco me iba a creer), le compro bombones, le regalo un caballo, le ofrezco mi vida y mi servilidad de por vida. Al menos un tercio de lo dicho.

14:03 : Salgo del laberinto de la «Fundación». Victorioso. Creo. El esfuerzo sobrehumano de última hora ha valido la pena.

14:05 : Me alejo a pie, destruido pero contento, llevando mi pobre bici coja, como si del final de una peli de Chaplin se tratase. Pero en lugar de ser en blanco y negro, el sol pega fuerte y los colores brillan mucho. ¿Debería conseguir la beca? ¿La conseguiré? Eso es, definitivamente, otra historia, que no afectará, ni para bien ni para mal, lo que fue esta.

lunes, 1 de julio de 2013

Ecuador del Reto de leer 50 libros en un año



Estamos a mitad de año y, para cumplir regularmente el reto que me planteé a principio de año, debería llevar leídos 25 libros. Sin embargo, sólo llevo 14. En estas últimas semanas he tenido especial mala suerte: he empezado tres libros: unos no he podido terminarlos y el otro no he querido.

Entre los que no he podido terminar está, por un lado, una recopilación de cuentos de Jack London, editada por El País, llamada La quimera del oro, sobre la fiebre del oro en América, especialmente la zona más norte y fría (Canadá y Alaska). Iba por la mitad y me estaba encantando. Me gustó especialmente el relato llamado "Ley de vida". El otro libro lo había sacado de la biblioteca y se titulaba El castillo y fortalezas de Burgos. Lo había sacado en principio sólo para consultar algún dato pero me puse a leérmelo entero y también me tenía enganchado. Por desgracia, ambos desaparecieron junto a la mochila que los llevaba. Esa es la razón de que no haya podido terminarlos. Olvidé la mochila en un sitio público y cuando regresé a por ella no estaba. No tenía en ella nada especialmente de valor para un extraño: sólo esos libros y un puñado de hojas de apuntes personales. Dentro de lo malo, ni tan mal (ya me las arreglaré con la biblioteca, espero que no me salga caro).

El que he decidido dejar de lado sin ninguna pena es Expreso Nova, de William Burroughs, tras leer más de 30 páginas sin enterarme de qué va el asunto. Es muy raro que deje de leer voluntariamente un libro a medias. Suelo querer zampármelos enteros incluso aunque sean malos, mediocres, o no me estén gustando. Pero también quiero leer a gusto y para ello desechar una lectura porque no te convence me parece un buen hábito para mantener frescas las ganas. Y desde luego, cada vez me apetece menos leer cosas que me hagan sentir que estoy perdiendo el tiempo.

Por lo demás, vuelvo a la caza de nuevos libros. Tengo una buena lista de algunos que quiero leer, pero acepto sugerencias. ¿Cuáles son vuestros libros favoritos? ¿Alguna recomendación en especial?

(Imagen vía este blog)

Leo, Eugenia y volar [Relato]

Leo no me dejaba en paz. Las ruedas de los trenes que entraban en la estación chirriaban para frenar. Cuando el horizonte cayó, intentábamos dormir. Leo me susurraba: "Queriendo a una persona, ¿serías capaz de renunciar a ella si de eso dependiera su felicidad?" Déjame en paz, Luis Leonardo Jiménez, hijo del butanero y su chingada. Chucuchú-chucuchú: tren llega, tren sale. La estación se va derrumbando sin prisa y sin pausa. "Me gustaría probar la gravedad cero, en uno de esos aviones..." Sí, sí, sí, lo que quieras, Leo. "Quizás me baste con ahorrar durante un año". Si el techo se derrumba sobre ti, es un buen momento para respirar aire puro, que venga del viento. ¡Fiuuuu...! El tren volador. En la India, está permitido montar sin pagar si el tren ya está en marcha. Aquí es casi imposible subirse a un tren en marcha. "En el espacio uno es más alto: las vértebras se separan y creces unos centímetros". Aunque yo nunca lo he intentado. Leo cree que estoy enamorado de Eugenia sólo porque me acosté con ella. Él dice que se enamoró de la prostituta con la que perdió la virginidad. Leo, el idiota, se tatuó su "nombre" en el brazo: Yazmina. Ya nadie grita "¡Pasajeros al tren!". No la volvió a ver.
         Nunca he sabido si que Eugenia me guste significa estar enamorado. Un oficinista sentado en una piedra, si no se indigna, es raro. Pero puede ser un oficinista hippie. Los raíles son una metáfora de la vida: es un camino, se pierde en el horizonte, no se sabe dónde acaban y pocos saben cuándo pasa el tren que deben coger. Pensando en Leo y Eugenia, dormí finalmente.
         Al despertar, como de costumbre, un profundo TUUUT-TUUUUUUUUT. De un salto, cogí papel y boli y escribí lo que acababa de soñar: "Veleta con forma de gallo. Chirriaba". A veces es imposible recordar. Yo, por ejemplo, no recuerdo qué cosas he olvidado. Un paseo por los desarbolados alrededores y poder escuchar pájaros piando. Dios da de comer a las aves, los animales sólo trabajan en circos y zoos. Las curvas de Eugenia. Cuando la odio es cuando más me gusta. Carne. Calor. Giros. Jadeos. Brisa helada. Escalofrío. Los ojos de Eugenia mirando hacia otro lugar. La lengua de Eugenia humedeciendo su labio inferior. Escalofrío. Coger un tren. Viajar, dormir, despertar. Traqueteo. Ventanilla. Leo y Eugenia. Leo gritando: "¡Está ahí, ahí está!". Eugenia abrazándome. Eugenia en mi boca, yo respondiendo, ausente. Aquí están mis alas y aquí está mi lastre. La primera noche volamos. Luego hubo un bombardeo y entonces volé con sus amigas.
         Con la paz, el tiempo se hizo infinito junto a Leo y Eugenia. Un beso en la mejilla, para ti, Eugenia. El beso con más amor. Adiós, me voy a volar por mi cuenta.


Escribí este relato hace varios años, influenciado por Tiempo de silencio, de  Luis Martín-Santos. Lo he recordado leyendo Expreso Nova, de William Burroughs (que he decidido dejar).